miércoles, 22 de enero de 2014

Metamorfosis

En un instante, sin mediar palabras, apareció la sombra inquieta del ángel de la muerte. Ni las miradas inocentes, ni los llantos del vacío más oscuro pudieron evitar que la abuela se quedara dormida en esa fría cama de hospital.
Aunque mi relación con esa señora nunca fue un ejemplo de cariño y apego los últimos días fueron como una prueba que nos debíamos y a la que no renunciamos. Su duro carácter contrastaba con el mío, mucho más ligero. Marcos y Tania, muy apegados a ella desde que nacieron, lo sobrellevaron con madurez. Su abuela, según ellos, desparramaba todo ese candor cuando se acostaba en sus camas antes de dormir buscando el calor de sus pequeños cuerpos. Justo en esos momentos era libre de reírse y amaba con locura a sus nietos.
El ángel de muerte no buscaba llevarse a alguien, en sus ojos se veía que sólo quería cambiar, es decir, estaba aburrido del oficio de llevarse almas dejando estelas de dolor y tristeza.
Muchas veces veo a mis hijos tan tranquilos y tan sanos, como no sintiendo la ausencia de la abuela, como si ella siguiera leyéndoles cuentos para dormir y pienso que lo que ocurrió ese día sólo fue una pequeña metamorfosis y que con enormes alas cubre a mis hijos protegiéndolos de todo lo malo. Y yo sigo así, agradecido, como buscando un ladito de la sombra tan poderosa y tibia de su presencia.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario