De niño se me quedaron imágenes grabadas del cuento ilustrado de César Vallejo. Recuerdo días oscuros como los de Lima en la casa de chacracerro leyendo y re-leyendo esa historia tan triste. Reconozco que había estado buscando ese cuento sin prisa pero sin pausa para mostrárselo a mis hijos. Así como para saber que tipo de reaccion tendrían esas lineas en ellos. Si les afectaría igual que a mi. En Arequipa lo conseguí, una versión sin muchas ilustraciones que tiene al final una serie de preguntas de comprensión de la lectura. En un principio, Tania empezó a leer con dificultad para entregarse a la historia. Quizás por los apellidos complicados y algún que otro fragmento aburrido al principio del cuento. Poco a poco la cara de Tania iba cambiando y a medida que avanzaba fruncía el ceño. Yo siempre estuve pendiente de sus reacciones. Lo cierto es que al terminar el cuento, Tania seguía buscando más páginas y me preguntaba: "¿Papá?...ahí terminó el cuento?" "¿Y el final felíz?" "Nooooo, así no puede terminar un cuento!!!". Le expliqué que el cuento si termina así, con un niño llorando inconsolablemente. Con una injusticia a la cual no se le veía salida sino la simple rebeldía. No, no es este un final al que uno se acostumbra a leer en los cuentos de hadas. Al final, con la ayuda de las preguntas al final del cuento, Tania reconstruyó su final pero lo hizo de una manera incluso más radical. La rabia, dentro de su inocencia, se transformó en su final para ese cuento. No había un príncipe ni un caballo ni un "vivieron felices para siempre". Juan Marcos se sentaba a su lado escuchando lo que Tania decía y discutía conmigo. Él, que siempre está en un bochinche, identificó rápidamente que su hermana y yo estábamos hablando en serio, y no interrumpió, seguía viendo esa imagen en el libro del niño llorando... Hilda y yo hemos contemplado este año como poco a poco nuestros hijos descubren lo que es la tristeza y la rabia.

No hay comentarios.:
Publicar un comentario